Artesanías
Por Ezequiel Olasagasti
Acomoda el almohadón y se sienta dejándose caer. Pone un par de piedras en las puntas de la manta para evitar que el viento la levante. Mira la plaza. Hace un paneo lento. Con una esperanza inútil. Todas las caras son nuevas y, sin embargo, todo es igual. Las risas tienen decibeles distintos, pero no pasan más que unos pocos minutos para que se le vuelva una bola de ruido uniforme. Las historias de los que hablan más alto le resultan como los temas de la literatura: repetidos. Solo cambian los nombres, las fechas y las formas de narrar. Deja todo el paisaje en un costado del cerebro, en un pensamiento automático que puede ignorar. El día empezó como cualquier otro. Igual de normal. Es que incluso los días más extraños se construyen en la más exacerbada cotidianidad. Van de forma escalonada. Nadie intuye que, en cualquier momento, las acciones serán distintas. Todo arranca normal, hasta mediados de un segundo acto que llega en la quinta o sexta hora de estar despiertos. Y no es precisamente que esa mañana se despertó de un sueño intranquilo transformado en un insecto, balanceándose sobre su espalda curva y lisa. Se despertó de un sueño intranquilo, sí, pero abrió los ojos siendo él. El humano de siempre. Todo normal. Con las rastas revueltas y con el mal aliento que le dejaba el religioso cigarrillo de antes de acostarse.
Cuando llegó a la plaza, estaba seca. Como debía estar para que todos estuvieran ahí los días de feria. El aire podía ser como el de un secador de pelo. O podía tener la humedad casi palpable de las gotas atrapadas. Pero el agua debía estar así, tácita. Sin salirse del cielo. Si se volvía lluvia, no iba nadie. Al menos a vender. No habría un piso donde apoyar una manta ni un almohadón. Es decir, lo habría, pero existiría sin un propósito.
Esa mañana pasó por los puestos saludando. Como cada día de feria, los saludos también eran iguales. Permutaban entre uno y otro. El que ayer le había dicho: «Buen día», esa mañana, le dijo: «Ey, ¿cómo va?», y el que esa mañana le preguntó «¿Cómo amaneciste?» ayer le había dicho «Buen día». Pero eran todos saludos. Saludos a los que se había acostumbrado. Todos iguales, de los mismos lados. El puesto de Claudia, donde se vende artesanía en madera. El puesto de Thiago, donde se exhiben unos sahumerios caros, pero con fragancias que no se encuentran fácilmente. Al menos en esa zona del gran Buenos Aires.
Caminó con la caja llena de sus esculturas hasta el lugar de siempre. En el trayecto cruzó la vista con algún que otro colega a quienes les dedicó una sonrisa. Acomodó la manta en el rincón que casi siempre lo albergaba. Cerca del mástil de la plaza. Alguna vez había estado en la esquina sur, frente a la heladería. Otro par de veces había tenido que ponerse cerca de la parada del 236. Pero su lugar era cerca del mástil. Puso su manta roja. Brillaba como si fuese nueva a pesar de tener unos años de uso completamente laboral. Todos los fines de semana, aplastada contra el piso por el peso de las esculturas. Fue hasta el auto a buscar la caja que faltaba. Una más chica, que podía llevar en una sola mano. Saludó a su amigo, y le dio las gracias por haberlo alcanzado con sus cosas. Con la caja pequeña a cuestas, decidió atravesar los puestos. Muchos estaban acomodándose. Los mismos manteles de colores, los mismos termos para el mate. Las mismas artesanías.
Antes de salir del túnel de lonas y tablones, pasó por el puesto de Diógenes. Todavía no había acomodado ni un libro. La mayoría de estos se le desbordaban de una mochila que tenía apoyada contra un árbol mientras él comía un churro. Enfiló hacia allí, a Diógenes sí tenía ganas de saludarlo. Le divertía que siempre agregaba algo al saludo para volverlo más que una formalidad. Si le decían «Buen día», él respondía: «Buen día será el día que esté donde quiero estar, y no donde debo estar». Había veces que decía «Hoy es un día en que el sol brilla como una moneda que tengo guardada en casa, pero que nunca voy a traer porque es muy valiosa». Hablar con Diógenes era siempre una sorpresa. Se cambió la caja de brazo. Dejó el derecho libre para darle la mano. Este apretaba fuerte, con una rugosidad en la mano que limaba los nudillos de quien tomaba.
—¿Cómo se encuentra la estrella que más brilla en esta mañana además del sol? —le preguntó él.
Diógenes, sin tragar el pedazo de churro que había mordido medio segundo antes que le hablaran, respondió:
—Óptimo. Estoy tan bien que ya consideré la idea de hacerme alpargatas de ortiga y usarlas todo el día. Así, de una buena vez, entiendo lo que es sufrir.
Rió. Se sacó las rastas que le cubrían la cara. Quería mostrarle su sonrisa. Siguió caminando hasta su manta. Todo estaba igual. El ojo vigilante de la feria. Ese ojo único y colectivo, cuidaba todo. Sacó las últimas esculturas y las acomodó delante de todo. Eran pequeñas, pero con más detalles en color. Sin embargo, eran iguales entre estas. También, quitando lo del color, eran iguales a las esculturas más grandes.
La tarde avanza. Le cae una sombra que le permite decidir si aceptarla o no con un simple movimiento. Los chicos juegan; siente el olor a hamburguesas y los pochoclos. Igual que ayer, e igual que el fin de semana pasado. El mismo olor. El viento le mueve una rasta y se la hace rodar por la frente. Se la quita de un manotazo, como quien mueve una rama o espanta una mosca. Ve que llegan los últimos rezagados de la feria buscando un hueco. Ese día, es complicado hallar lugar. Es un fin de semana largo, cerca del inicio del mes. El día para hacer la diferencia. Y, sin embargo, para él, es igual a todos los días de todos los años en que se dice que va a vender bien.
Está igual de cansado que años anteriores porque, como todos los años, se quedó hasta tarde haciendo sus artesanías. La primera le tomó poco más de una hora. Empezó despacio, enredando el alambre con cuidado. Después cubrió con hilo de color las partes de arriba. Pasó el barniz y lo dejó cerca de la ventana para que seque. Así hizo con todas. Ya con cinco terminadas, las que siguieron le salieron de forma automática. Las manos se le movieron solas. Podía pensar en otras cosas y, sin embargo, sus dedos seguían doblando los alambres de la misma manera. Con la presión justa. En el mismo ángulo que, de tener un calibre, hubiera podido comprobar que todos tenían igual grosor después de haberle ajustado los cordones de colores.
Pasó lo mismo a la hora de pintarlo. Tuvo que adaptar la mano. Calcular el movimiento, la presión. Hasta que todo se movió como el brazo robótico de una fila de montaje. Pensaba en otras esculturas, en otras pinturas. Pensaba en fumar. Sin embargo, la mano iba sola. Con el trazo de color de arriba a abajo. No se acumulaban las gotas. A la taza de agua y de nuevo a la lata con un ritmo de percusionista. Se le caían los párpados. De hecho, dejó de ver por unos minutos. Hubo una elipsis. No fue negro. Supo que no había cerrado los ojos. Pero se apagó un segundo, cuando iba por la mitad de la base de una de las esculturas. Creyó recordar que hasta soñó algo en ese breve instante que dormitó. Cuando volvió a fijar las pupilas, la base estaba completamente azul. Sin que la pintura cayera en la mesa, ni tocara otra parte que no fuera lo que estrictamente tenía que ser azul en la escultura.
La sombra lo envuelve por completo. Se termina de comer el sol el edificio que construyeron hace dos meses en tiempo récord. Mastica el último pedazo de pan que le quedó del almuerzo. Siente una comezón en el pecho, una leve seguidilla de roces ínfimos. Como si fueran las torpes patitas de un insecto. El susto le latiguea la espalda. Al mirar bajo la remera, ve una de sus rastas. Una que reconoce. Más gruesa que los dedos de su mano, con la personalidad y el largo de una cobra real. Se le mueve por la espalda. Llega a su hombro de un manotazo. Sube y baja, jalada por el movimiento de la cabeza. Y se mete bajo la ropa. Se deja caer de a poco, raspando el pelo del pecho. La saca. Se queda viéndola por un segundo. La gente apenas pasa, y si lo hace, poco mira las esculturas. Nota que la rasta está en plena explosión. Los cabellos ya no se amalgaman. Intentan huir en todas las direcciones. Mantiene, sin embargo, cierta dureza de las quemaduras con las que fueron forjadas. Esa desprolijidad hace que le pique sobre la piel.
Saca de la mochila un hilo grueso de color rojo. Envuelve la rasta para que no termine de florecer. La enyesa, la deja estática. La ahorca. Saca un encendedor y pasa la llama. La aleja cuando ve derretirse un poco del pelo. Así le enseñó Yanel.
Hace un tiempo, nunca pensó hacerse algo en el pelo. Nunca le importó. Lo dejaba caer, enredarse, irse. Dormir para un costado o para el otro. Pero, una tarde, Yanel se lo pidió prestado, y él se lo entregó. Practicó en él su primera rasta. Ya no puede identificar cuál de todas es esa primera. Le gustó. La exhibió con orgullo. Después dejó que le hiciera otra. Que arreglara la primera. Que le pusiera anillos, hilos y cintas. Que las empalmara con otras. Su cabeza era fértil para estas. Crecían sin que él hiciera nada. Como las plantas en los departamentos de los solteros, a los que no les gustan las plantas. Que crecen sin sol y con apenas agua.
Después de la tercera, le dejó de importar. Eran todas iguales: rastas, pelo apelmazado. Con anillos, con cintas, con cordones de colores, más chicas, más grandes. Rastas. Solo le importaba Yanel, y estar bajo sus manos un par de horas. Sentir la presión de sus dedos cuando se chocaban con su cuello. Esa sensación extraña, nueva. Recuerda los momentos en que sentía ese olor a piel tibia que desprendía. Y cómo, a veces, su nariz lo perdía y debía mover la cabeza para volver a sentirlo.
—¿Te tiré el pelo? —le preguntaba ella.
—No, para nada. Solo me acomodo.
Le encantaba que interrumpiera el olor a pintura que impregnaba su casa. Ese olor eterno. El arado que los dedos de Yanel le hacían en la cabeza le despejaba las ideas repetidas. Borraba todo de a poco; dejaba un espacio blanco que podía llenar de imágenes nuevas. Que las esculturas podían ser más grandes, más chicas. Sin color, de otros materiales. Que ya no serían esculturas. Que sería una sola cosa. Que no se repetiría. Que nacería para morir sola y única.
Un día movió la cabeza hacia atrás. La miró un segundo. Los labios de Yanel eran suaves como el papel del cigarrillo, e igualmente cálidos. Su carne sabía al calor que trataba de olfatear mientras le enredaba los pelos. Por cada rasta fue una noche de sueño a su lado. Hasta que, como las rastas de su cabeza, todo empezó a ser igual. Las noches, los días, el aroma cálido que escapaba del escote de Yanel y el movimiento rítmico de su boca en cada beso. La puso en un costado de la mente. La vio en la casa al mismo tiempo que veía todo. La escuchaba bajo el sonido de la música. Sabía cuándo besarla, el tiempo justo de estar desnudos. Los minutos que ella estaría arriba, cómo cambiar y a qué ritmo ponerse tras ella. Escuchar la pregunta justa cuando él debía hablar, aunque minutos antes pensaba en un sueño de la noche anterior. La tarde que ella no fue, él se arregló la rasta solo. Luego comenzó a arreglarse el pelo sin pensarlo, sin llamarla. En los minutos muertos. Con el olor de la pintura a cuentas. Fueron rastas que nacieron huérfanas. Ella tampoco se despidió.
Notó que el cachete izquierdo de Yanel eran tan suave como sus labios las veces que la encontraba en la feria y la saludaba. Intentó adivinar los perfumes nuevos que usaba. No eran mejores que el olor de su piel, pero tampoco peores. Era como sus esculturas pintadas con colores brillantes. Sabía que abajo estaba lo mismo de siempre. El mismo alambre doblado bajo la pintura. La misma chica tras el perfume.
La vio cada vez menos en la plaza. A veces, ella lo saludaba de lejos, moviendo la mano como un limpiaparabrisas. Él no se le acercaba. Cargaba cajas hasta su rincón: esa era su excusa. Le movía la cabeza y le arqueaba las cejas con una sonrisa. Abría la boca sin dejar salir sonido alguno. Puro movimiento de labios para que ella se los leyera. Le quedó el recuerdo de su olor a piel, a piel cálida que le salía del pecho. También le quedó un poco de su hilo con el que esta tarde termina de atar la rasta.
Los nuevos faroles iluminan como un sol blanco. Acomoda las artesanías. Cubre los huecos que dejaron las que le compraron a lo largo del día. Ve cómo una parece un poco más pequeña que la otra. No sabe si es por el desnivel del suelo o si le falló la involuntaria automatización de copiar con las manos.
A la última de la izquierda, una con pintura dorada en la parte de las hojitas de alambre, se le cae una sombra contundente. Un contorno definido de sombra negra y alargada. Nota que a esa artesanía se le ha doblado un poco el alambre hacia un costado. Estira la mano, pero no la termina de agarrar. Ve la sombra. Parece otra cosa, pero no puede definir qué. No es su artesanía. Está estirada, ondulada. Con ángulos rectos de la sombra que sube al escalón del mástil. La mirada se le mete dentro de la cabeza. Escarba en esas ideas de esculturas que nunca hizo. Siente que allí hay algo. En algún cajón entre las neuronas amontonadas y la idea automatizada del movimiento de la plaza a las siete de la tarde. Piensa que allí puede encontrar la forma de una de esas esculturas que pensó. Tal vez, tras el recuerdo transparente del perfume de Yanel. Piensa. Trata de desenterrar esas ideas de esas cosas raras, bamboleantes y abstractas en las que nunca se animó a convertir a las artesanías. Ese arte solitario y único que solo puede hacerse una vez.
Siente que algo lo toca en el cuello. Se saca la rasta, que vuelve a rasparlo ahora con el hilo rojo cual bufanda. Mira la artesanía y recuerda. Los lugares donde nunca se animó a doblar los alambres. Los colores que nunca usó. Dónde debía mover todo, qué color debía mezclar o cuál debía sacar. La toma. Agarra con la punta del pulgar y el índice el alambre rebelde y torcido. Lo ayuda a que se tuerza más. Lo desvía por completo de la posición que las artesanías piden tener. La pintura se agrieta. Vuela en pedazos, y rastros de polvo caen al piso. Ya no es más una de sus artesanías, ha perdido su valor de venta. Le hace un giro. Luego toma otro pedazo de alambre. Uno recto esta vez. Que está en la postura correcta que, según dicen todos los que venden ese tipo de adornos, debe tener. Lo dobla y lo gira un poco sobre su eje.
Intenta sacarle el cordón de color que lo cubre, pero las uñas no le son suficientes. Se estira para tomar la mochila. Un par de rastas se le deslizan sobre la espalda, y le quedan enganchadas del hombro. Saca una pequeña pinza, y comienza a arrancar el pequeño cordón amarillo.Escucha el sonido ínfimo del metal desembarazarse del pegamento del cordón. Las rastas le caen sobre el pecho. La siente, pero esquiva la sensación instintiva de quitarla. No quiere ocupar su mano en otra cosa que no sea la destrucción.
Pasó la primera hora. El piso a su alrededor mutó. La impoluta manta roja se llenó de polvo de colores, trozos de pintura seca, pedazos de alambre y retazos de cordones duros por el pegamento. Él sigue en la misma posición; no se mueve un centímetro. Lo único que se le va de aquí para allá son las manos e, involuntariamente, las rastas, que bailan a la altura de su cuello. Dobla los alambres, los aprisiona con la pinza. También los une entre ellos. Hace movimientos que nunca había hecho. Enreda las cosas. Todo le toma un tiempo que no sabe medir. Las formas son nuevas. Sabe que está creando algo, mas no entiende qué. El frío ha comenzado a soplar sin que él lo sienta. Está solo, metido en su mente y en lo que ella le ordena hacer con los alambres. Muchos de los puestos han cerrado.
–¿Qué precio tienen los adornitos, joven? —le pregunta una señora.
No le contesta. La mujer no vuelve a preguntar y se retira exhalando unas palabras entre dientes. Él no la escucha. Así como no había oído la pregunta, ya no escucha nada. Solo el ruido de los alambres cuando los corta o el de la pintura cuando se resquebraja. Pierde de vista los pies de los posibles clientes que caminan a su lado. Todo se le fue encogiendo hasta hacer foco en sus manos. Toda la visión periférica que tenía memorizada se reduce al ancho de su pupila. Sus manos, los alambres, la pintura, la pinza. Eso es lo nítido, fuera de eso hay un crespón negro. Las rastas ya le han dado la vuelta alrededor de todo el cuello. Algunas, ásperas, le raspan la piel con los cabellos sueltos y chamuscados. También con los anillos y, la más grande con el hilo rojo nuevo que le ha quedado por Yanel. No las saca. No las saca porque no las siente, así como no siente el frío. Ha perdido el tacto del cuerpo. Está encerrado en una cápsula donde pierde la sensibilidad de todo. Se le desvanecen los sentidos poco a poco y uno por uno. Ve, escucha, huele y palpa solo lo que está armando.
Las rastas dan el último giro. Él voltea uno de los alambres por milésima vez y lo cruza con otro. No siente cuando comienzan a apretar. Su escultura toma forma. Logra ponerle los alambres a cada contorno que solo él puede ver. Los hilos invisibles que solo existen en su mente.
La cara se le enrojece. Las rastas se cerraron sobre su yugular. Se mueven centímetro a centímetro, intentando alcanzar el hombro derecho. Deja escapar un largo suspiro, no logra recuperarlo lleno de aire nuevo. Respira apenas, solo hacia afuera. La rasta principal, la más larga, vuelve a girar sobre su cuello. Deja de mover todo el cuerpo. Flota por un instante sobre su obra terminada. Ya no sabe si la está viendo. Se siente pasar sobre ella en un espacio vacío, uterino.
Las rastas retroceden. Algunas se dejan caer sobre el piso. La principal se esconde bajo la ropa. Una le cae sobre la cara tapándole los ojos abiertos e inyectados de sangre. La nueva obra permanece estoica sobre el mantel, en el centro. Sobresale de los escombros de las artesanías desguazadas. Unos pies detienen su marcha. Mira la obra unos segundos de arriba abajo. No sabe si la entiende, pero la siente. Ve el cuerpo del artista dormir a su lado, y decide no molestarlo.

